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Palabras “Llave”, “Manta”, “Basura”…

¿Qué palabras utilizamos en nuestro día a día?

¿Desde qué emoción hablamos? ¿Con qué sustento emocional nos relacionamos con los demás? ¿Qué palabras utilizamos para hablar de nuestros sentimientos? ¿Somos conscientes de las emociones que están detrás de las palabras? ¿Cómo las distinguimos? ¿Qué expresamos al hablar? ¿Qué queremos conseguir con nuestras palabras?

Puede que algunas pocas veces, secuestrados por emociones de enojo, soberbia, miedo, resentimiento, etc. utilicemos las palabras como “palabras basura” y las arrojamos a los otros, como lanzas envenenadas, sin medir que pueden herir al colega, compañero o superior. Descargamos nuestra emoción sin que lo dicho tenga totalmente que ver con “el otro” que puede resultar inundado por nuestras emociones destructivas. Son momentos de descalificación y desencuentro.

A modo de ejemplos: “Este informe no sirve para nada”; “Me parece que no entiendes”; “Pensé que sabrías hacerlo”; “No puedes estar hablando en serio”; “Si escucharas entenderías”; Te falta compromiso”; “Te falta iniciativa”; “Te falta…”

En empresas y grupos de trabajo en crisis, hemos podido detectar la presencia de este lenguaje destructivo. Es más bien un tema de cultura empresarial y del ambiente de los equipos de trabajo de bajo desempeño, donde tiene un especial peso lo que cada líder ofrece como modelo y lo que motiva o permite entre sus colaboradores. La mordaz ironía en las conversaciones de algunos equipos, que resulta jocosa para algunos, puede ser la manifestación de una agresividad latente entre sus miembros.

También podemos utilizar nuestras palabras para construir “realidades” e iluminar nuestra vida. Las llaman “palabras-llave”. Palabras que avanzan siempre explorando el aire, transformando una cosa en otras. O “palabras-manta”, palabras tibias bajo las cuales se puede trabajar, estudiar o incluso, dormirse tranquilos.

Las “palabras llave” abren puertas y encuentran salidas, agregan, suman, engrandecen. Son palabras que buscan soluciones, espacios de encuentro y colaboración. Son palabras que disuelven atascos y consiguen que el diálogo fluya, que no que se estanque. Son palabras positivas que abren posibilidades, dirigidas al futuro, que generan “escenarios de futuro” y “espacios de posibilidad”. Llevan a construir y no a destruir. Son palabras fruto de emociones positivas como lo son la gratitud, la alegría, el entusiasmo, la esperanza. Con ellas la interpretación que mostramos de los hechos es muy diferente. Desde esta manera de hablar, las palabras no son una amenaza, sino una oportunidad.

El lenguaje empresarial tiene también otro sentido cuando las palabras son “palabras llave”: “El informe puede mejorarse”; “Puede que por ahora no te interese lo suficiente”; “Me pregunto qué has entendido”; “¿Cuál es tu propuesta para evitar que esto ocurra de nuevo?”; “¿Cómo crees que podemos solucionar esto?”; “Ya tienes… ahora hay que conseguir…”

Además están las “palabras manta” que acogen, consuelan y arropan. Son como anclas que nos sujetan para no perdernos en el vacío o la espiral de desaliento o son salvavidas que nos recuperan en momentos de incertidumbre, dolor o dificultad. Son palabras que nos fortalecen y hacen crecer en nosotros otra dimensión: la de la tranquilidad, la seguridad y el valor. Ya seamos receptores de ellas o portadores de ellas, las palabras que aportan confianza son la expresión más sublime de la naturaleza humana, porque muestran nuestro amor por nosotros mismos, por los demás y por la vida.

Esto nos invita a una profunda reflexión, ¿Qué tipo de palabras utilizamos para comunicarnos: basura, llave o manta? ¿Qué emociones estamos sintiendo y transmitiendo con ellas? Y lo que es más ¿qué resultados y cómo queremos conseguirlos en nuestra vida personal y laboral?