Conversar: una danza entre el escuchar y el hablar

La escucha activa: Hablar impecablemente genera mundos poderosos, pero escuchar efectivamente, los consolida. Por escuchar no nos referimos a recordar las palabras que los demás dicen, tal cual una grabadora. Escuchar no es permanecer sólo quieto y atento a lo que los otros están diciendo, es mucho más que eso.

Adquirir un escuchar cada vez más efectivo se asemeja al desarrollo de un verdadero arte, en el cual se presta atención a lo que se dice por detrás de las palabras, a la “música” y a la esencia del que habla. El escuchar, por lo tanto, no es un acto pasivo; al escuchar somos activos productores de historias. El escuchar valida el hablar. Nuestro oír es biológico y nuestro escuchar es ampliamente perceptivo e interpretativo. Escuchar es oír más interpretar. Más aún, es oír más percibir más interpretar, lingüística y emocionalmente.

Oír es un fenómeno biológico, surge de las perturbaciones ambientales que generan sonidos. Es un aspecto pasivo respecto a la persona que oye. El escuchar es un fenómeno lingüístico emocional. Hay una interacción con otro o una conversación con uno mismo. El escuchar incluye al silencio, porque también al silencio se le da sentido al escuchar. El escuchar es un acaecer, sólo sucede. No es un acto de voluntad. Da sentido a lo dicho. Dirige el proceso de la comunicación.

Y dado que el oír es una facultad biológica, preferimos concentrarnos en el interpretar y el emocionar, que son aptitudes y actitudes distintivas de cada persona pues cada uno surge de una diferente historia de experiencias personales pasadas, a partir de las que hemos aprendido a dar sentido a lo que sucede en nuestro alrededor. Familia, educación, profesión, cultura, prácticas sociales habituales y otras, forman un conjunto único para cada uno, que opera como trasfondo desde el cual escucha a su entorno y a sus relaciones.

Es por demás obvio que la misma palabra o frase, dicha en grupos de personas con diferentes distinciones profesionales, culturales o políticas, tienen muy distinto significado. A la vez, al interactuar con otros, se lo hace desde una corporalidad y una emoción determinada y atendiendo aquello que mejor cubre su mundo de expectativas, intereses e inquietudes presentes. Por eso opinamos que es necesario que un buen comunicador sea doblemente responsable: por lo que los demás escuchan de él y por la manera en que escucha a los demás.

Escuchar de una manera efectiva involucra: saber que frente a un mismo hecho, diferentes personas le signan diferente sentido o incluso pueden fijar su atención en diferentes datos del mismo; desarrollar una actitud de apertura, aceptación y receptividad del tipo de observador que el otro es; preguntarse por el espacio desde dónde habla quien conversa conmigo y por el espacio desde donde interpreto. Escuchar efectivamente es, en fin, una apertura para escuchar posibilidades donde otros escuchan problemas.

Como ya dijimos, el escuchar no es pasivo porque al hacerlo estoy procurando darle sentido a lo que me están diciendo. Interviene la historia personal, las experiencias de cada uno, las costumbres, prejuicios y valoraciones. Cada uno interpreta lo dicho “a su manera”. Esto implica que siempre habrá una brecha entre el orador y el oyente. Debemos hacernos responsables de esa brecha antes de que la misma deteriore o termine la relación: primero respetando esas diferencias y segundo, monitoreando el alcance de la brecha para tratar de disminuirla, usando alguna de estas herramientas:

Verificar escuchas: chequear el escucha de ambos interlocutores, pidiendo al otro que me lo repita, pero con “sus” palabras; Compartir inquietudes, preguntándole al otro por ellas; Indagar preguntando para afinar, completar y corregir lo escuchado. Recordemos que la persuasión solo opera cuando descansa en la capacidad de escucha del otro.

El proceso de apertura en el escuchar incluiría entre otros fenómenos:

Escuchar el sentido semántico y práctico del hablar del otro: ¿Qué significa lo que está diciendo para él y para mí? Y ¿Qué acciones o actos lingüísticos está haciendo: pide, declara, juzga, afirma, qué? (ver más abajo).

Escuchar las inquietudes del otro: Algo que a veces no está en el habla pero es condición de ella. Las inquietudes conducen al otro a hablar. No siempre dice: te pido que… La inquietud suele estar detrás de lo que se dice. Las inquietudes responden a ciertas interpretaciones del otro en las cuales debemos centrarnos en primera instancia. Escuchar la estructura de coherencia del observador que es el otro: ¿Cómo es posible escuchar lo que no se dice?

Sabemos que el lenguaje es acción y que la acción genera ser. El lenguaje revela el ser que está “siendo” el otro. Pero al entrar en el otro/a, actuemos con prudencia, entremos con los pies descalzos, sabiendo que su opinión es solo un mapa, no es el territorio, que no sabemos cómo las cosas son, solo sabemos cómo las observamos o como las interpretamos.

Escuchar “el bien”: Debemos cuidarnos de no utilizar la diferencia que el otro manifiesta para con nosotros, como elemento de descalificación o invalidación de su persona, sino colocar a esa diferencia del lado del “bien”, buscando aprender de ella, confiando en la buena intención.

El Hablar Efectivo

No hablamos acerca de lo que vemos. Vemos sólo aquello de lo que podemos hablar. El hablar no es inocente, no es trivial. Somos responsables de lo que decimos. Consideramos una falacia eso del “yo lo dije sin querer”, como si ello no tuviese consecuencias. Estamos siempre en el lenguaje porque aunque callemos, el callar también trae consecuencias. La responsabilidad que nos cabe por el silencio.

Si el acto de hablar es, justamente, una acción, ¿cuáles son los actos que ejecutamos al hablar? A un determinado nivel parecieran ser infinitos: Vendemos un producto. Transmitimos un evento deportivo. Enseñamos. Seducimos a otro. Pedimos disculpas. Contamos un cuento. Hacemos un reclamo, etc., etc. Y así pareció durante mucho tiempo: las acciones del hablar parecían infinitas.

Sin embargo, a partir de desarrollos registrados en las últimas décadas en la filosofía del lenguaje, se reconoció que todas las acciones que ejecutamos en el lenguaje remitían a un pequeño número de “actos lingüísticos” y que muchas de las acciones arriba mencionadas no eran más que formas en las que estos “actos lingüísticos básicos” podían combinarse para conformar diferentes “juegos de lenguaje”. En otras palabras, todas las acciones del lenguaje remitían a un número reducido de actos lingüísticos “elementales” o “básicos”.

Siguiendo este razonamiento concluimos que todos los seres humanos, independientemente del idioma que hablamos, al hablar hacemos cinco y sólo cinco actos lingüísticos universales, que se ha dado en denominar de la siguiente manera: 1. Afirmaciones u observaciones, 2. Declaraciones o decisiones (dentro de ellas un tipo especial de declaraciones que se llaman juicios u opiniones), 3. Promesas o compromisos, que nacen de: 4. Pedidos o peticiones y 5. Ofertas o propuestas.

Saber distinguir estos actos lingüísticos básicos y saber ejecutarlos adecuadamente, es fundamental para operar en el lenguaje. Ser competente en ellos define alternativas de vida diferentes. Como todas nuestras acciones las coordinamos hablando, dominar el arte del hablar implica un incremento de poder sobre esa coordinación de acciones. Estos cinco actos lingüísticos básicos constituyen los elementos primarios de cualquier idioma. Los encontramos en el castellano, el inglés, el chino, el árabe, etc. Podemos no saber chino, pero SÍ sabemos que los chinos al hablar (en chino) hacen afirmaciones, declaraciones (o juicios), peticiones, ofertas y promesas. Es sumamente útil para nuestras conversaciones y coordinaciones de acciones, conocer con maestría los elementos que distinguen uno de otro acto lingüístico y como requieren ejecutarse para que ellos sean efectivos.

Mgtr. Coach Miguel Ángel Macaluso.

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